“Qué es el hombre para que te acuerdes de él
el ser humano para que pienses en ellos”
Salmo 8
Situacion:
Desde que Lyotard señaló como características de la actualidad como el fin de los "grandes relatos" nociones como "principio", "fundamento" pasaron a la lista sospechosa de discursos particularmente frágiles para sostener una espiritualidad y una pedagogía con pretensiones de sentido.
Problema:
Toda pedagogía atenida a aplicar modelos para hacer sujetos replicables - standar debe entrar en revisión, la pedagogía deberìa ser una construcciòn de sí en ejericicios de libertad ¿bajo què condiciones entra la pedagogía ignaciana en este ejercicio de construcción de sujetos y queda por fuera del juicio de Lyotard que invalida los relatos hasta ahora establecidos?
Planteamiento:
La cuna de la espiritualidad ignaciana se meció en Manresa; de unos apuntes que más tarde se llamaron "Ejercicios Espirituales", pero que fueron fruto de una conciencia que se sabe afectada por la historia. La capacidad de interpretarse a sí misma y de abrirse incesantemente a nuevos procesos de comprensión podrìan hacer de la espiritualidad ignaciana no un relato, sino un horizonte de posibilidad para la renovación incesante.
Para mostrar esto partiremos del Numero 22 de los Ejercicios:
«Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que ha condenarla; y si no la puede salvar inquira como la entiende; y si mal la entiende corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve»
A partir del "inquirir" abordaremos nociones de "experiencia", "formación" sin los cuales los propósitos de cualquier pedagogía y de cualquier educación se mostrarían inoperantes.
Proponemos, también, que en esta comprensión fundamental se dan las condiciones de posibilidad para el entendimiento en la escuela, en las comunidades y entre los pueblos, pues la comprensión es apertura a los "próximos", "Inquiriendo" cómo se le entiende.
I. MARCOS DEL PROBLEMA: SI NO HAY HECHOS PARA QUÉ FUNDAMENTOS
o Un Peregrino que se abre una experiencia de Dios
Cuenta Ignacio de Loyola en su Autobiografía, que sentado a orillas del río Cardoner, en la Cueva de Manresa, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento, entendiendo y conociendo muchas cosas, de modo que le parecían todas las cosas nuevas (Cfr. Autobiografía, No. 30). Ignacio vestido de peregrino, es un "vía . andante"; un "preguntador" que abre horizontes como en un diálogo del alma consigo misma.
Afirma el Padre Arrupe que "aquella ilustración del Cardoner realiza una completa renovación interior en Ignacio, ve todas las cosas como nuevas, porque realmente él es un hombre nuevo, con un entendimiento nuevo que ha participado de la luz de Dios. En adelante, esta luz sobrenatural será como connatural en él, iluminará todas las cosas que a él tocan en sus múltiples relaciones y todas las decisiones de su vida. Esta luz es un punto de arranque."[1]. En Manresa, Dios fue su Maestro como trata un maestro de Escuela a un niño enseñándole (Cf. Autobiografía, No. 30). Esta experiencia construyó el núcleo fundamental de unos Apuntes, que se fue configurando hasta lograr la forma que tenemos en los Ejercicios Espirituales. Esta experiencia construyó una vida con nombre propio, y ha sido el punto de "de partida" a lo largo de los siglos, desde entonces, hasta hoy, para todo aquel que se adhiere con gozo a la construcción de una pedagogía de sí, de una educación, que tiene su "principio" y "fundamento" en la visión cristiana legada por el peregrino de Manresa.
La esencia del peregrino, es que lo forja el horizonte; el horizonte es ponerse en camino a la búsqueda como a la caza de una pregunta.. De alguna manera ningún hombre, ninguna mujer escapa a su pregunta fundamental, aquella que permita la experiencia del horizonte.
Como Ignacio, "son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales ¿Qué es el hombre? ¿cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tan grandes progresos subsisten todavía? ¿para qué aquellas victorias, obtenidas a tan caro precio? ¿qué puede el hombre dar a la sociedad? ¿qué puede esperar de ella? ¿qué vendrá después de esta vida terrestre" [2]
Solamente en la medida en que es búsqueda, La fe es "iluminación", y nos pone en el "drama" del camino, de dejar atrás las seguridades que no sostenían; Ignacio entra en este drama de la fe; y la experiencia se abre:
"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución de fin para que es criado".
"De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar dellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello lo impiden" (Ejercicios Espirituales No.23)
El saberse criado para Dios y el usar de las criaturas en tanto alcancen este fin, lo llama el Santo, Principio y Fundamento. Como señala un Autor, se llama principio, porque a partir de él se despliega cada una de las reflexiones que vendrán a lo largo de los ejercicios. Y fundamento, por que es la columna que soporta, carga, sostiene el edificio de la vida del creyente2
2. La crisis de los fundamentos en la llamada Postactualidad
Desde que Lyotard señaló como características de la actualidad el fin de los "grandes relatos" nociones como "principio", "fundamento" pasaron a la lista de los planteamientos sospechosos y particularmente frágiles para sostener horizontes de sentido.
En efecto, una de las caracterización más aceptadas de la época actual es aquella que la representa como el fin de la historia, es el venir a menos de aquellos discursos que legitimaban, la marcha de la historia, de la humanidad por el camino de la libertad; es el fin de todo horizonte último que inspira opciones, líneas de pensamiento, juicios de valor, criterios determinantes.
Como consecuencia llegamos a la fragmentación de la razón: ya no hay ningún fundamento fijo, seguro e inconmovible, no hay caminos, sino un vagabundeo incierto, caminos cortados en algún lugar, el eclipse de todas las instancias objetivas, es, entonces, interpretado como la perdida de todo fundamento, como el final de la idea misma de fundamento[3]
El libro de Lyotard, La Condición postmoderna (1979), goza de una posición decisiva en esta discusión. Aunque se refiere de manera especial a Hegel y a Marx que representan las grandes narrativas se ha extendido también, a todo saber que no se limita a legitimar discursos teóricos sino también instituciones sociales, políticas y religiosas. "defino lo postmoderno como la incredulidad con respecto a los metarrelatos". La negación es característica de nuestro tiempo, de esta manera los saberes se fragmentan en cúmulos de juegos, autónomos, cada uno de los cuales busca inestabilidades, en lugar de leyes determinantes.
El tema del fin de los metarrelatos, continua inspirando muchas controversias, pues si la actualidad está desprovista de significados, es necesario, entonces, acentuar la esfera de lo privado, las experiencias individualistas para llenar el vacío que deja la desaparición de las grandes contiendas metafísicas, políticas, doctrinales de todo tipo.
En este estado de cosas, ciertamente, el problema reside también en saber si el pretendido fin de los metarrelatos, no ha llegado también a su fin, ¿acaso la afirmación del "final de la historia", no se convierte también en un relato con pretensiones legitimantes, capaz de señalar objetivos, criterios de elección y valoración y, por tanto, algún curso de acción todavía dotado de sentido?, ¿qué significa proponer el fin de los metarrelatos sino en volver a proponer un metarrelato?
Sin embargo, aún admitiendo que la afirmación del fin de la historia, se contradice a sí misma, y cae en el metarrelato que pretende deslegitimar, se debe aceptar que sí asistimos a una rebelión contra todo saber que tenga pretensiones de dominación y de saber excluyente; se debe aceptar que frente a la pretensión de la manipulación de los otros, propio de la ideología, se busca desenmascarar estos mecanismos del control de los otros, que se realiza a través de discursos de poder, del saber, del premiar y del castigar. Todos tenemos la tentación de recurrir a una instancia que nos permita controlar a los otros, definirlos, explicarlos.
Frente a esta tentación, entonces, ¿cómo seguir respondiendo por el Principio y Fundamento sin que nos lleve por una "episteme" dominadora y nos hagamos particularmente sospechosos que nos invalide para dialogar con la actualidad? ¿bajo qué criterios la pedagogía derivada de los Ejercicios, es menos que disciplina y control para ser experiencia de sentido?; pero también ¿cómo explicar que la educación que proponemos a nuestros jóvenes y a nuestras jóvenes es un "camino" y no un "vagabundeo" en el que nos pueda contagiar la época "post actual"?
Intentar entrar a conversar con el fragmento (como se caracteriza a la razón actual), partiendo de algún hecho que nos sea común con nosotros los creyentes puede dejarnos invalidados como interlocutores; sin embargo a creyentes y no creyentes, a todos los hombres y a todas las mujeres nos atraviesa una experiencia común, que nos acontece: interpretamos continuamente nuestra vida mediados por un mundo históricamente estructurado por significados dados previamente. Revalidar la noción de “experiencia” nos permitirá acercarnos al acontecimiento de Manresa; también nos permitirá reconocer lo histórico que atraviesa toda experiencia.
Quiero mostrar que desde la visión ignaciana la “experiencia” y lo “histórico” nutren una nueva noción de lo pedagógico que no es discurso, sino acontecimiento de sentido. Y para el cristiano un sentido dado por Dios que se muestra.
II. IGNACIO: LA VISIÓN DEL HOMBRE QUE ACONTECE “INQUIRIENDO”
o "inquirir" cómo se comprende
El Principio y Fundamento de los Ejercicios, no es filosofía. Ciertamente un aspecto que tenemos que tener en cuenta de antemano es que no es el fruto de una reflexión metafísica de Ignacio al margen de su vida y de su experiencia personal. En él está proyectada la vida de un creyente. A partir de ella elabora un análisis cuidadoso y nos revela cuáles son las disposiciones para entrar en la dinámica de los Ejercicios y las actitudes de la vida del cristiano. En efecto, es una actitud fundamental abierta a la comunión con Dios, es una historia de la Salvación que nos dice el fin para el cual fuimos creados. No se trata tampoco de una presentación sistemática de la teología sino de la comunicación de un modo de proceder que nos sea útil para nosotros, pues “mucho aprovecha entrar con gran ánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad” (Anotación 5).
Es también un error convertir los ejercicios en lógica deductiva, partiendo de principios generales; ellos son más bien la experiencia concreta de la voluntad particular de Dios con la que dirige cada uno, es una percepción personal de la presencia de Dios. Al no ser una aplicación de principios es una mediación pastoral de valor universal que posibilita que lo trascendente acontezca en cada uno y según cada uno[4].
Por eso el modelo de los Ejercicios es más la conversación que lógica deductiva, adoctrinamiento, resolución de casos, moralismo o el autoritarismo:
“Para que así el que da los ejercicios espirituales, como el que los recibe, más se ayuden y se aprovechen, se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y sino la pueda salvar, inquiera cómo la entiende; y, si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (EE,22).
El “inquirir”, es connatural en Ignacio, el encuentro personal con el Dios vivo y el encuentro con los “próximos” se da inquiriendo, preguntando. Recordemos la pegunta que se hace a sí mismo en su convalecencia mientras leía el Flos Sanctorum: “¿Si ellos pudieron, porque yo no?. Recordemos la pregunta que configurará a Javier de un estudiante impulsivo y desorientado en apóstol impaciente, “¿De qué te sirve, salvar al mundo si te pierdes a ti mismo?.. Y es que todo acto formativo es fundamentalmente dialogo de salvación. De esta manera los Ejercicios no culminan cuando se cumple con un método o se sigue unas reglas sino cuando se alcanza una experiencia. La importancia de la experiencia pedagógica no es que alguien quede formado porque ha acumulado un número de experiencias, sino porque se hace un sujeto abierto a nuevas experiencias. El experimentado, el formado, no lo sabe todo, ni tiene saberes concluyentes sino que lo hace es su apertura, que le da una estructura dinámica y abierta a la historia.
De esta manera podemos perfilar el camino que sigue el acto formativo en una visión ignaciana: es una estructura fundamental de apertura por la conciencia que tiene de la historia en que vive y por el significado que debe darle a la pregunta que le permita comprenderse en ella:
ü La experiencia pedagógica está precedida de una experiencia de pregunta. La pregunta nos hace tener la experiencia que lo que yo creía que era así, es de otra manera. La pregunta nos lleva a la experiencia de saber que no se sabe[5].
ü La pregunta pedagógica debe tener un cierto sentido, una orientación. El horizonte de sentido es el que permiten hacernos preguntas y de tener la experiencia de nuestra propia finitud. La pregunta realiza con respecto al horizonte una ruptura en nuestro ser. El Principio y Fundamento están ahí en Ignacio siempre presente, posibilitando la pregunta. Se “aprende del padecer” esto significa que nos hacemos sabios a través del daño y sólo en la decepción conocemos adecuadamente lo que nos falta[6].
ü El que está seguro saberlo todo no puede preguntar nada, preguntar quiere decir querer saber. No se puede entrar en los procesos formativos sino por una sabia ignorancia. Quien acompaña los Ejercicios, como el maestro, debe poder despertar esta sabia ignorancia a través de la pregunta. Por eso es que “preguntar es más difícil que contestar”[7]
ü En el acto formativo no está prefijada la respuesta. Porque la pregunta implica abrir posibilidades de respuestas. Si no existe estas posibilidades de respuestas, si no existe apertura no ha habido una pregunta verdadera. Es lo que ocurre en las preguntas retóricas, donde no hay realmente nada preguntado.
ü Sin embargo toda apertura tiene sus límites. El límite lo da el horizonte en el que nos movemos. Sin horizonte toda pregunta cae en el vacío. El horizonte le da dirección a toda pregunta; una pregunta está mal planteada cuando tiene falsos presupuestos, cuando no hay nada que decidir. Por eso todo preguntar implica una decisión ética. El problema del fragmento y de la posibilidad de dialogar con el fragmento es que este en realidad no se mueve por ningún horizonte.
No se puede pensar la educación como la acción de alguien (maestro) sobre alguien (alumno). La formación que persigue el acto pedagógico es, mediante el inquirir cómo se le entiende; preguntémosle a un joven, a una joven qué es lo que mas espera de la formación de los maestros y dirá: "que nos comprendan". Ciertamente esta comprensión no es confabulación, pero existen expresiones de los jóvenes y de las jóvenes que han quedado al margen de los procesos educativos como subculturas sin relevancia. Y sin embargo pienso que la relevancia de los temas y la pertinencia de los métodos no los da el árida discurso académico ni los planes de estudio, sino precisamente la exploración de las expresiones y de las conversaciones que circulan silenciosos por las aulas escolares. La comprensión de sí, en el momento histórico que le tocó vivir se realiza en el diálogo de sujetos capaces de construir significación.
Precisamente la visión ignaciana por ser un proyecto histórico, que se alcanza mediante el inquirir, no esta en la esfera de los relatos dominadores, pues cada uno tiene que responder por él. Las posibilidades de respuesta son las posibilidades de su propia realización. Cada uno debe responder por su proyecto histórico. Y cada uno debe asumir la propia experiencia.
“En esta aventura de hallar a Dios, Ignacio respeta la libertad humana. Esto descarta cualquier indicio de indoctrinación o manipulación. Nuestra pedagogía debería dar a nuestros alumnos la capacidad de explicar la realidad con el corazón y mentes abiertos. Y en este esfuerzo de honradez, deberíamos alertar a educando ante la trampa que puede ocultarse en sus mismos presupuestos y prejuicios, así como las tupidas redes de los valores al uso que pueden ocultarnos la verdad.
Nuestra educación estimula por lo mismo al alumno a conocer y amar la verdad. Aspira a hacerlo critico de su sociedad tanto de manera positiva como negativa, para abrazar los valores sanos que se proponen rechazar los falsos. (Anotaciones ignacianas No. 153 en Orientaciones universitarias No. 11, Bogotá 1995)
Así ni el tiempo, ni la historia son Saturno que devora a sus hijos, sino el momento de las decisiones, del "Carpe diem" de Horacio, o del "Caminad mientras tenéis luz ..." de Juan (Jn. 12,35). La pedagogía ignaciana mediante una dinámica de "reflexión - acción - experiencia " mantiene la apertura de este momento decisivo como crecimiento.
Cada uno le corresponde poner al día el proyecto ignaciano, que desde el Principio y Fundamento posibilita la comprensión de sí según su tiempos, situaciones y personas.
“Porque la pedagogía ignaciana se centra en la formación de toda la persona, corazón, inteligencia y voluntad, no sólo en el entendimiento; desafía a los alumnos a discernir el sentido de lo que estudian por medio de la reflexión, en lugar de una memoria rutinaria; anima a adaptarse, y eso exige una apertura al crecimiento en todos nosotros” [8]
No es una respuesta especulativa, “pues el amor se muestra en las obras”:
“Consecuentemente para ayudar a los alumnos a llegar al compromiso de la actividad apostólica, que ofrecerles oportunidades de considerar con espíritu critico los valores humanos y de poner a prueba los propios valores de forma experimenta. Una asimilación personal de los valores éticos y religiosos que empuja a la acción, es más importante que la habilidad de memorizar hechos y opiniones” [9].
Es una respuesta desde ideas fuerza, pues la visión ignaciana, no se mueve en el vacío. No se puede convertir en un hormiguero de experiencias de todo tipo sin discernimiento; el falso “irenismo” no puede llevar perder de vista que , que la visión ignaciana se mueve “por las líneas fuerza propias de nuestro carisma, con el acento propio de nuestros rasgos esenciales”, de modo que dote a nuestros alumnos de “cierta 'ignacianidad' ”[10].
En medio de las fuerzas encontradas que entraman el conflicto de nuestro país y del mundo nuestros estudiantes buscan el sentido de sus vidas, de la misma manera que la espiritualidad ignaciana permitió la apropiación del momento que le tocó vivir, el humanismo del Renacimiento, la espiritualidad ignaciana nos permitirá también apropiarnos del momento presente para responder a las necesidades urgentes de nuestro tiempo.
1. La visión ignaciana: más allá del relato y del adoctrinamiento
Si el Principio y Fundamento son el horizonte en que se plantea la visión ignaciana, sin embargo, cada uno, ha de dar una respuesta personal, única e irrepetible; cada uno ha de responder en forma específica, consciente e intencional; esta respuesta se da mediante el inquirir, no mediante el adoctrinamiento, pues "por su interioridad, es superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino"[11]
Más allá del relato y del adoctrinamiento el inquirir, hace que la pregunta pedagógica no sea retórica o ponga la respuesta por delante porque en la visión ignaciana la pregunta hace que[12]:
Ÿ Toda experiencia de aprendizaje consista en disponer la persona para vencer los obstáculos que le impiden el crecimiento (EE, Anotación 1).
Ÿ No sea sólo conocimiento, ni abordaje de temas exhaustivos, sino el "saboreo" de la verdad, "no en mucho saber harta y satisface el alma, sino en gustar una interiormente" (EE, Anotación 2)
Ÿ Sea seguir los ritmos de cada uno y de cada una, pues mientras unos son más diligentes, otros pueden tener dificultades (EE, Anotación 4)
Ÿ El maestro no sea el protagonista, sino el mediador "El profesor, como fiel de la balanza no se inclina más a una cosa que a otra cosa, sino que ayuda al estudiante a relacionarse directamente con la verdad y ser influenciado por ella" (EE Anotación 15)
El acto pedagógico es, entonces, el encuentro de "necesidades recíprocas" y por lo tanto, un reconocimiento de lo que el otro tiene de propio; esto no es debilidad porque lo que fortalece el encuentro es el horizonte, mutuamente forjado y que se constituye en el verdadero orgullo; el carisma ignaciano no es (no debería ser) ni arrogancia ni snobismo "es la lógica consecuencia del hecho de que nosotros vivimos y actuamos en virtud de ese carisma y de que en nuestros centros hemos de prestar el servicio que Dios y la Iglesia quieren que prestemos 'nosotros' ".
El inquirir desde el horizonte, es aceptar que nuestra fe debe ser continuamente repensada y reinterpretada para desaferrarnos de las arcaicas visiones de mundo que nos dan comodidad pero que no nos permiten reactivar a fe que aún subyace. Los demás necesitan de nosotros algo más que ritos, algo más que normas.
El inquirir consiste, mirado desde el fin para el que fuimos "criados". en una continua recuperación del misterio, que permite reconsiderar nuestro lugar en el mundo, encontrar el sentido de la vida, la integridad de la fe como lo hizo el Peregrino de Manresa: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer; vos me lo diste, a vos, Señor lo torno" (Ejercicios Espirituales 234)
III. EL “INQUIRIR” DE LOS EJERCICIOS COMO RETO PARA UNA PEDAGOGÍA DEL ENCUENTRO EN EL HORIZONTE UNIVERSITARIO
¿ Cómo se aplica esta pedagogía de la pregunta al horizonte universitario en el que estamos comprometidos? Si la universidad no quiere quedar diseminada en facultades, unidades, programas y sujetos psíquicos aislados le corresponde entonces, apropiarse del horizonte que le ha sido legado. A la consecución de este horizonte le es inherente el desarrollo de una pedagogía del encuentro. En este encuentro cada una de las facultades, de las unidades, de los programas, de los sujetos es un hablante que tiene algo que decir en un “diálogo de creadores”
En este encuentro cada uno de los hablantes precisa llegar necesitado, incluso la teología , para abrirse a lo que carece. El encuentro desde la necesidad genera una fusión de horizontes y aquello que nos es común. Si yo me abro al otro, no lo puedo hacer como si escuchara algo que ya sé; esto invalida la conversación. Lo que nos es común no lo tengo yo, ni lo tiene el otro, lo tiene el encuentro. Como señala Lyotard “ la interlocución no es un fin en sí. No es legítima más que si, por otro, el otro me anuncia algo que escucho sin comprender”[13]
Esta actitud exige humildad, incluso al teólogo, para llegar nesciente y carente hacia aquellos que lo complementan y lo constituyen. “ Somos algo que decir” y “ somos algo que escuchar”; como señala Gadamer, sería una robinsonada considerar que el punto de vista del otro es inaccesible, sería olvidar que existimos como individuos en cuanto nos comunicamos.
¿El principio y fundamento de los ejercicios, bajo que condiciones pueden configurar el perfil del universitario ignaciano?. La universidad entrega profesionales para la administración de cosas: la cosa-política, la cosa-técnica, la cosa-ciencia. Pero si capacita para usar cosas, ¿ lo forma para saber usarlas?
“(…) las otras cosas sobre la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden a la prosecución de fin para que es criado”
“ De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse dellas cuanto para ello lo impiden” (Ejercicios Espirituales No. 23)
Nosotros no solo formamos perfiles competentes para la política, ciencia, la técnica, la economía (esta competencia nos ha posesionado justicieramente frente a las otras universidades). Ser fieles al proyecto histórico que nos ha legado la meditación de Manresa nos pide también, formar profesionales que usen de estas cosas en “tanto en cuanto”. No se trata de cultivar una mira prevenida frente a la política, la ciencia, la técnica; se trata de saber usar estas cosas. Este saber usar se llama discernimiento.
El problema consiste en que cualquier universidad tiene la respuesta a la pregunta ¿ dónde hallar energía?, ¿ Cómo producir riqueza?, ¿Cómo cualificar las tecnologías de la información y la comunicación?. Pero la pregunta decisiva, en el momento presente es: ¿ Cómo hacer para que la energía acumulada no nos destruya?¿ si la riqueza puede ser socialmente distribuible?¿ Cómo tender el puente entre tecnologías y diálogo? ¿ Cuáles son las fronteras de lo público y lo privado frente a los medios?. Entonces esto quiere decir que el sentido de las cosas no la dan las cosas mismas, que el aprendizaje de cosas está llamada a ser perfeccionada por la sabiduría: “ Nuestra época, mucho más que en los siglos pasados, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los descubrimientos que el hombre va haciendo. está en juego el destino futuro del mundo sino se logra preparar hombres dotados de mayor sabiduría”[14]
La historia no ha llegado a su fin, pero sí podría llegar sino formamos profesionales dotados de esta sabiduría. Por ahora quiero llamar a este proceder la actitud de decirle “sí” y “no” simultáneamente a la ciencia, a la técnica, a la política, a la tecnología. Decirle “sí” a su ineludible uso. Decirle “no” en la medida en que se erigen como lo absoluto y nos doblegan y confunden.
Decirle “sí” a la técnica, a la ciencia, al derecho, a la medicina de modo que entren en nuestra cotidianidad, pero simultáneamente “no” cuando desconocen que hay un sentido que las trascienden y no está en ellas.
Pero este simultáneo decir “no” y decir “sí” no florece espontáneamente en el suelo universitario. El discernimiento solo es fruto del ejercicio vigoroso, continuo, reflexivo… y también orante… es fruto del mutuo encuentro y de la meditación detenida del fin para el cual fuimos creados.
Esta actitud simultánea de decir “si” y decir”no” es un modo de proceder que aporta la universidad ignaciana para que la época actual (o postactual) no perezca bajo el peso de sus descubrimientos jurídicos, económicos, técnicos y médicos.
Con razón Martín Heidegger ha este simultaneo decir “si”-decir “no” al mundo técnico una actitud de serenidad[15] para con las cosas. Porque al mismo tiempo que vemos las cosas con perspectiva técnica, empezamos a ver claro y a notar que las cosas requieren de nosotros otra relación que es una relación de sentido que no lo dan las cosas.
El cultivo de esta actitud serena nos muestra que en la universidad ignaciana no hay tiempo que perder, que no hay lugar para el vagabundeo conceptual o existencial; que no solo el drama del país sino también la “agonía planetaria” (E:Morín) nos reclaman y nos hacen que por sabiduría emprendamos el camino:
“ Ignacio seguía al Espíritu, no se le adelantaba…
poco a poco se le habría camino
y lo iba recorriendo sabiamente ignorante,
puesto sencillamente su corazón en Cristo”[16]
[1] P. Pedro Arrupe, Prepósito de la Compañía de Jesús, prólogo a Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio a la luz del Vaticano II. Biblioteca de Autores Cristianos Madrid, 1968
2 Cfr. La Palma, Obras Completas. BAC, Madrid 1967, página 852[3] Cfr. Vattimo El fin de la modernidad, Gedisa, Barcelona, 1987. También, Ramón Rodríguez, en la introducción a Vattimo en Más allá de la interpretación Edic. Paidos. No vamos a discutir aquí la validez del término "Postmodernidad" que el mismo Lyotard, su autor, consideró como absurdo. "que el termino 'postmodernidad, es un falso nombre, resulta evidente en cuanto que se tiene en cuenta que no puede significar justamente 'ahora' y 'después de ahora'. Ni es el final de una cosa y el principio de otra. Eso sería absurdo". Se puede ver en entrevista de Teresa Oñate, citado en Postmodernidad y cristianismo de José María Mardones Edic Sal terrae España 1988, página 15))[4] Cf. Karl Rahner, El dinamismo de la Iglesia citado en Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio a la luz del Vaticano II, Biblioteca de Autores Cristianos. BAC Madrid 1968, página 348[5] (Cf. Gadamer, Verdad y método Edit. Sígueme página 439.[6] Cf. Gadamer, Verdad y método Edit. Sígueme página 44O[7] (Cf. Gadamer, Verdad y método Edit. Sígueme página 432[8] Anotaciones ignacianas No. 153 en Orientaciones universitarias No. 11, Bogotá 1995[9] Anotaciones ignacianas No. 151 en Orientaciones universitarias No. 11, Bogotá 1995[10] P Arrupe, citado en la introducción a las características de la Educación de la Compañía de Jesús. Orientaciones Universitarias No. 11 Santafé de Bogotá 1995.[11] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes No. 14[12] Sobre las implicaciones pedagógicas de las Anotaciones ignacianas se puede ver el Apéndice de Orientaciones Universitarias No. 11 donde se presenta dos documento corporativos Características de la Educación de la Compañía de Jesús y Pedagogía ignaciana. Un planteamiento práctico, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá 1995.[13] Lyotard, Jean Francois. Los derechos del otro en Nueva Época. Vol.2 No.4 julio-septiembre de 1994[14] Concilio vaticano II, Constitución Gaudium et spes No. 15[15] M.Heidegger, la serenidad. Revista Colombiana de Psicología No. 3 1994. Páginas 22 -28[16] Nadal, Diálogos. No. 17 FN II pág. 252
